Hermandad
Asociación
19
Marzo
2019
 
Jueves Santo 2019. Faltan 30 días

Concurso Literario

PRIMERA HONDA REPLETA DE PASION

Apenas se ha cubierto la tarde de su velo negro, apenas la oscura garra de la noche ha teñido de dolor las rocas. Ya no hay luz, no hay blancura y el silencio se filtra palmo a palmo, calleja a calleja, por la Cuenca de los miradores. Pero con la voracidad de la noche, con la eterna e insondable negrura de la sombra, las vetustas rocas de la Cuenca alta se tiñen de tristeza, se tornan de un pardo apagado, melancólico. La magnífica fortaleza se encoge más, si cabe, haciéndose una maraña todavía más estrecha y anudada y se achica temblorosa. No, Cuenca no se rebaja, solo posa sus cimientos sobre el suelo abandonando a la roca primigenia. Se ha desnudado de elogios y cumplidos, pues en la magnífica noche del dolor, Cuenca se hace Cuenca Nazarena. Así transcurre la noche del Sábado más largo, la que sirve de vigilia a una nueva primavera, primavera honda, luminosa repleta de alegrías y tristeza, de pasiones y esperanzas; de Cristos y Vírgenes llevados a hombros entre las calles angostas. Y los conquenses postrados en su tierra navegan entre hondas reflexiones, esperando el primer canto que anuncie la mañana, esperando el renacer de esa nueva primavera que se divulga en el rescoldo de la noche. El tiempo parece haberse suspendido, las calles desiertas y a la vez tan concurridas, se mojan en el recuerdo de tiempos inmemoriales, donde Cuenca ni conquenses existían. La noche llega a la agonía, y entre el primer canto amanece la cándida mañana, novicia, ignorante de lo que atañe al que contempla, con nervios e impaciencia, el cielo anaranjado de la aurora. Por doquier se escuchan antiguos cánticos y viejas melodías y el albor de una extraña floración sube por Cuenca como la hiedra por Alfonso VIII.

Escalando adusta la fachada de la antigua villa, trepando por estrechos recovecos un mar de grana y blanco se adivina, entre las ramas de olivo florecientes. Jubiloso en toda su esperanza, pero conociendo su destino, asciende Jesús por la Jerusalén conquense a lomos de una humilde borriquilla; humilde en su aspecto, mas holgada en el alma. No es si no el presagio de la pasión que se adviene temerosa, pues a pesar del blanco de inocencia, empaña la mañana el granate de la sangre, de la pasión, del martirio... Felices gozan los conquenses del momento eterno de alegría. Ven pasar al cortejo y agitan sus ramos y palmas que baten al son de la horquillas. Mas la mirada del Señor se adivina entre tristeza y resignación serena, como advirtiendo qué cruel será su pueblo en días venideros. Y pronto se esfuma entre los pinos el canto alegre del Domingo blanco, Domingo de Ramos en la ciudad eterna. Ahora la tristeza se apodera de la inmensa atalaya de la altura, rompiendo con su grito entrecortado todo cuanto ligaba el alborozo, se hace el silencio... nada suena en las calles y callejas. Las estrellas parecen haberse extinguido en el negro de los cielos, azoradas, deseosas de no molestar el recogimiento que reina entre los miradores. Parece que todo se ha parado, parece que no existe el tiempo ni el espacio, y parece que todos los colores se han fundido en un negro uniforme que lo cubre todo. Negro terciopelo por las calles de Cuenca. Un Cristo silencioso se recorta en lo hondo de la espesa oscuridad, ahogado en su dolor y firme en su suplicio. Mirada al infinito cielo, gesto doliente de agonía, clavado y retorciendo su figura. Firme en la cruz que le atormenta avanza el Cristo entre cánticos arcanos, de un tiempo antiguo, muy antiguo. Vera Cruz, presagio de desdichas, heraldo de la pasión, ya inmediata, que tiende su mano entre las riveras de los ríos.

Pero la pasión se consuma de repente, se cierra en un todo uniforme y gigantesco. Crea un tiempo acelerado y una luz que confunde los contornos. ¿Es la luz de las tulipas, de las velas? ¿O es la luz de las Vírgenes llorosas, apesadumbradas en sus negras soledades? Qué tremendo teatro de informes emociones, qué espléndido escenario de mudos sentimientos. Cuenca se torna y se disfraza convirtiéndose en un transcurrir de hechos repentino, una veloz sucesión de escenas sacras. Entre las luninarias de tenue alumbrar. Entre temblorosas flores de dorado centro se desarrolla el espléndido cortejo, la gran procesión, el desfile inmenso. Se escenifica entre eternas cavilaciones el gran hecho de la Pasión, la Pasión en Cuenca. El cielo y la tierra se juntan en lo alto de las rocas. Los campos de olivos se estremecen y el Júcar y el Huécar se tienden una mano. Todo se cierra en torno de la misma Cuenca que días atrás soñara con los cielos. La hiedra se encadena solícita como tejiendo un palio de verdura, para que nada perturbe a los actores, que tan mudos e inertes representan la Pasión del Señor. Llevados por todos los conquenses se suceden los pasos por las calles. Se hace verdad la Pasión, se hace eterna, y las calles se empañan de colores. Los días transcurren cual torrente impetuoso y se suceden las escenas del acto definitivo. Parece haber tres lunas, mas es el viento quien mueve al astro blanco, para que vea lo que a sus pies ocurre. La Cuenca del dolor se estremece entonces bajo el firme paso del Bautista. “Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo” reza la inscripción de su bandera, y firme, como firme avanza, se asoma a todos los balcones pregonando la dicha a la vertical ciudad. “Yo no soy Él, soy su avance” dice a todos los conquenses, con esa muda mirada y ese gesto erosionado por la salvaje vida. Su cuerpo tallado por los vientos de las hoces se recorta al lado del dócil corderillo.

Su mano endurecida deja caer el agua santa sobre la testa del Redentor, como un fino hilillo de claridad mundana sobre una luz divina. El agua del Jordán baña sus cabellos, su cuerpo, su figura. Y el Jordán de la sierra baña las murallas, el Júcar verde de Gerardo Diego hace sumergirse a la Cuenca Antigua en un laberinto de pasiones, de sencillas penitencias. Las riveras se han entrecruzado, se han fundido bajo el influjo de la noche blanca. Y caen sobre la ciudad apasionada esas “puñaladas de luna fría” que Luis Calvo Cortijo citara en su pregón de 1988. Las estrellas se despiertan ateridas pegándose a los verdes olivares, que ahora desfilan entre gentes de rivera, gentes que portan con toda su entrega los cuerpos de madera, de madera viva. Todo se mezcla en una noche larga, larga e inmensa en su esplendor. Y la luna parece acurrucarse o agacharse en un ademán de esconder su fulgor plateado al pavimento de la vertical y rocosa Cuenca Nazarena. Un ángel se recosta silencioso al lado de un ilustre penitente. Mientas, detrás de la oración agónica y doliente, detrás del ruego del Señor hacia su padre, duermen los apóstoles tranquilos, ignorantes de la muerte, que les roza con frío tacto, tacto del destino. Apenas se divisa en el horizonte la luz de miles de llamas temblorosas, apenas han llegado al Getsemaní del Huécar las sombras de miles de soldados, cuando entre el blanco de todos los capuces se adelanta el traidor y bese al maestro. Es el beso que marcará la historia, el roce que apenas se ha notado, pero que con su cándido tacto sonrosado se muestra injuria entre la blancura. Cristo ha sido prendido y presentado y la noche se consuma escapando al dolor de la amargura. Mientras, el gallo tres veces ha cantado, y Pedro llora sabiendo su desdicha, sabiendo que todo se ha cumplido y sonsumado como su amado maestro predijera. Ya no queda nadie entre los arcos y solo dos altas siluetas pasean por las calles entre tistes sollozos y amenas soledades. San Juan arropa a la Madre que ahoga su dolor en el hombro del apóstol. Y así transcurren rápidas las horas que no quieren alterar el curso del impetuoso cauce que es la procesión inacabable.

Cristo se acerca hacia su muerte, coronado de espinas, cubriendo su rostro de granates yagas que hacen de su gesto un agónico retrato de un mártir salvador. Cristo amarrado a la columna se deja golpear por el dorado tormento, aguanta el peso de los cielos que descienden a golpearle con rudeza y aguanta, igual que sus banceros, la madera redentora de los banzos. Los banzos que apoya sobre el cuerpo, la muerte, más cerca cada hora. Es Jueves Santo, la tarde rojimorada del dolor avanza lentamente entre los ojos de miles de hombres arrepentidos que ven al penitente cargar con cruel madero. Jesús del Puente, nazareno solo y resignado. Camina lento por la calle larga temiendo turbar a su madre que viene pesarosa tras de sus pasos, pasos de penitente.

Pero qué bella se halla en su tristeza. Qué tierna lágrima de diamante se cae por su mejilla. Soledad del Puente, llorando desconsolada detrás del hijo que avanza hacia la muerte. No llores. Soledad, no te atormentes. No, que los conquenses han tejido con sus manos un sencillo palio de emociones y te acompañan en tu eterno sufrimiento. Los banceros avanzan tan despacio que apenas se nota el movimiento, pues quieren llevar suave a su señora, porque llegue pronto a su destino y llore, nunca sola pues Cuenca aún la arropa, la muerte del hijo bien amado. Parece el manto negro, como la noche que se avecina. Y entre el resonar del último Miserere se levanta un clamor salido del abismo, un clamor de mil vientos, mil tempestades. Un estruendo impetuoso se hace con las calles paso a paso. Y la marabunta de gentes presurosas se cierne por todos los rincones, sobre las rocas que todo lo contemplan. Es la Turba, el mar de sonido y vituperio. Insultan al señor representando el más apasionado acto de este gran teatro, Salieron cuando aún no amanecía, se mueven inquietos y ruidosos y finalmente acompañan a la madre a su encierro entre las puertas del templo originario. Llega entre ellos un soberbio conjunto de penuria. Jesús en el Calvario, porta la cruz hasta el último momento, hasta el lugar previamente señalado, lugar de la última caída, caída que le lleve hasta los cielos. Tan solo el apoyo sincero de ese hombre al que llaman Cirineo y de aquella que con turbado gesto limpiara su rostro demacrado, le sirve al Señor para remontar el monte del destino. Por fin llega hasta la cima donde se ve cubierto de su última agonía. Levantado sobre el mismo madero que portaba y torturado por las gentes que lo amaron. Las nazarenos lo acompañan en dolor sincero y participan en su inmenso sufrimiento.

Cristo ha muerto, y difunde la luz de sus espejos, luz del alma, a todos los rincones. Entre los acordes de una marcha fúnebre se explaya por las riveras luciendo refulgente entre toda la ternura que sus gentes le demuestran. Por fin lo bajan de la cruz con llorosos ademanes y por fin lo llevan solo ante la madre. Virgen de las Angustias, que velas a tu hijo en la hora postrera a su última palabra. El dolor te ha apuñalado con insólita fiereza ese corazón de dorado y plateado y una llama te quema las entrañas. Pues lo has perdido, por fin se cumplió la profecía. Y con tu última lágrima de dolor incontenible cierras lo que parecía eterno. La Pasión se ha consumado, el sepulcro hermético permanece cerrado hasta la eternidad del mundo, pues Cristo a muerto a los ojos de la gente. María llora ante el potro de tortura que sirvió a su hijo de lecho de muerte, ante la cruz que permanece tan sola como ella. Y así pasan las últimas horas de este gran suceso. Solo con el amanecer del último Domingo se llega al esperado fin de tan efímera semana, Semana Santa en Cuenca.

Hay, pues, que llegar al origen del que partimos días atrás. Hay que llegar de nuevo al júbilo, a la alegría que Cristo resucitado difunde por la Cuenca pasionaria y difusa, nazarena. Y entre vuelos de palomas, entre alborozos eternos y blancos contornos se termina el sufrimiento, se termina el martirio que sufriera el bien amado.

Ya no hay horquillas que resuenen por los recovecos ni tampoco hay capuces en todas las esquinas. No se escuchan las marchas por Alfonso VIII La hiedra parece entristecerse pues sabe que todo ha terminado. La Semana Santa, efímero compendio de colores, de sonidos, de olores, de emociones, ha llegado a su fin. Pero Cuenca esperará dormida a otra efímera primavera, esperará un año si hace falta a que se repita la noche de vigilia, aquella noche antesala de todos los dolores.

Cuenca esperará a que de nuevo la tarde se cubra con su velo negro.

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