Hermandad
Asociación
19
Marzo
2019
 
Jueves Santo 2019. Faltan 30 días

Concurso Literario

LA LUZ DE LOS RECUERDOS

Pasado el momento de celebración del nacimiento de nuestro Señor y de que los copos de nieve, que el frío invierno ha dejado sobre Cuenca, cubran la ciudad con una bella y elegante capa de blanco, comienza la cuenta atrás. Una cuenta para nuestra semana grande, la de todos los conquenses, la Semana Santa.

Las señales de la primavera han llegado y de nuevo los árboles empiezan a florecer junto con el nutrido sol, que con su fuerza impregna la ciudad de Cuenca de luz. Tras los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto da comienzo la semana de Pasión en Cuenca. Una semana llena de tantos momentos y situaciones, cada año diferentes, que no hay palabras que describan lo que uno verdaderamente siente en su interior al ver lo que durante estos siete días ocurrirá en nuestra ciudad.                                                                                                         

Las hoces del Júcar y el Huécar se visten de gala, tiñendo sus aguas de un azul-verdoso, mientras que el casco antiguo impregna sus empinadas y estrechas calles de encanto para acoger y hacer guardar en nuestras retinas los momentos tan imposibles de olvidar, que dentro de poco observaremos.

Tras la larga espera de días y días, en las escaleras de san Felipe, las profundas y graves voces empiezan a entonar el Miserere que el Maestro Pradas compuso y que durante los próximos días se dejará oír por todos los mágicos rincones que aguarda nuestra ciudad. Al fin ha llegado el momento.

Como hace miles de años en Jerusalén, las calles de Cuenca, llenas de niños con sus palmas y olivos, esperan para recibir con júbilo y alegría la llegada de Jesús con su borriquilla. Domingo de Ramos. El sol hace resplandecer el día en el que las familias se reúnen y juntas acompañan el ascenso de Jesús y su madre por las estrechas calles de nuestra ciudad.

Capuces y túnicas completamente negras se disponen a recorrer, bajo el gélido frío que aún se desprende durante las oscuras noches, las calles de Cuenca, acompañando en penitencia al Cristo de la Vera Cruz, bajo el firme y hostigo ruido de su tambor. Escuchando las Siete Palabras que Cristo pronunció durante su camino hacia el Calvario.

Bajo un cielo completamente raso y un tenaz frío que asola las calles, San Juan Bautista está preparado para dar el bautismo, al que será el representante de todos nosotros. Acompañado fielmente de María Magdalena, el Martes Santo ha llegado. Y así mi Jesús de Medinaceli, resguardado por los numerosos capuces granates de sus fieles es seguido por el bello manto verde esmeralda que María de la Esperanza pasea por los lugares más recónditos de Cuenca.

El cielo abarrotado de miles de estrellas se dispone a observar la noche de los capuces blancos, el Miércoles Santo. Jesús dispuesto a celebrar la última cena sabe que Judas lo traicionará por unos anodinos treinta denarios y en el huerto de Getsemaní, tras un beso falso e irreflexivo, lo entregará. El gallo cantará tres veces y así Pedro negará las mismas, para que tras su nombre se escondan los principios de la que será la casa de todos nosotros. He aquí el hombre, que pasea por las calles con una simple capa granate, seguido de túnicas celestes, dispuestas a guiar durante todo el camino la conversación y el llanto que María comparte con Juan.

La tarde es clara y, bajo un cielo azul, el sol hace implantar sus potentes  rayos, sobre las imágenes del Jueves Santo. Los látigos del verdugo azotan fuertemente el cuerpo de nuestro Señor, que más tarde será cubierto con la roja capa y, junto con la corona de espinas y la humilde caña, Jesús será llevado ante el juicio de Pilatos. La Verónica, dispuesta, espera para secar el sudor que la cara de Jesús produce por la pesada cruz que, con ayuda del Cirineo lleva a cuestas. Una vez cruzado el puente, Jesús Nazareno es seguido por la soledad, que su madre bajo el palio lleva al cruzar el puente de la Trinidad, viendo el final que su hijo dentro de pocas horas  tendrá.

La noche es corta y el estruendo producido por la turba y el penetrante y afilado ruido del clarín da comienzo al tan largo día del Viernes Santo. Son las cinco de la mañana y cuando las primeras luces se disponen a abrir al cansado cielo los numerosos turbos se agolpan en la puerta del Salvador esperando ansiosamente al “Jesús de las seis”. Cuando el guión de la hermandad asoma por la puerta y se ve la imagen al fondo, los tambores y clarines producen el sonido más estoico de todo el día. Jesús y el Cirineo  emprenden su camino seguidos de San Juan Evangelista, el guapo, que al ritmo de la turba es bailado junto con su inconfundible palma, con un ritmo difícil de explicar. De pronto, cuando el palio de la virgen asoma por la puerta de El Salvador, un silencio absoluto se propaga por Cuenca y a paso de yunque y martillo la señora de San Agustín se prepara a seguir con toda su soledad y tristeza el camino que su hijo acaba de emprender hacia el calvario.

Finalmente, y tras el llanto de su madre acompañada de Juan y María Magdalena, Jesús es crucificado. Una fuerte lanzada atraviesa su costado para que más tarde, y una vez haya fallecido por nosotros, San Juan se disponga a descenderlo de la cruz y lo ponga en manos de quien ha sido su origen. La virgen de las Angustias, ante el llanto de una madre que ha perdido a su hijo, pasea con Jesús entre sus brazos por las calles, que llenas de añoranza, la intentan consolar con los colores pastel que cubren sus fachadas.

El llanto ahoga a Cuenca, que vestida de luto, se prepara para ver descender por toda la ciudad el santo sepulcro de Nuestro Señor, que yacente sobre una piedra ha fallecido para perdonarnos a todos nosotros los pecados. Su madre, con el rostro repleto de lágrimas, reza ante la solitaria y desnuda cruz en la que su hijo ha muerto.

Un sepulcro de piedra situado a las afueras de Jerusalén aguarda el cuerpo yacente.

Han pasado tres días, tal y como dicen los evangelios. El cielo ha adquirido un azul celeste, y decenas de palomas sobrevuelan Cuenca, dando la señal de la resurrección de Jesús. Domingo de Resurrección. Las calles se envuelven de dulzura y elegancia. ¡Jesús ha resucitado! Su madre, tras desprenderse del luto, se viste con sus mejores galas y se dispone camino del reencuentro con su hijo. Ha llegado el momento. Jesús y su madre,  juntos de nuevo, emprenden el camino de vuelta por las calles de Cuenca.

Ciudad que ahora se dispone a descansar. San Felipe, El Salvador, San Esteban o la Catedral se preparan para aguardar durante un nuevo año las cansadas imágenes que durante estos días han vestido a las calles de emoción y sentimiento.

Creo que cuando todavía estaba en el vientre de mi madre mi ser ya sentía el espíritu de la Semana Santa.

Al igual que muchas otras personas y, como conquense que soy, he vivido la Semana Santa desde dos puntos de vista. Como espectador y como nazareno. Son situaciones inexplicables que cada año te hacen sentir y descubrir sensaciones nuevas de una manera diferente.

Me acuerdo todavía de cuando era más pequeño y, subido a los brazos de mi madre, me asomaba por entre los huecos de los cientos de cabezas que se agolpaban para ver la procesión. Cuando eran las cinco de la madrugada del Viernes Santo y antes de que el despertador sonara ya estaba levantando a mi madre, para que rápidamente se vistiera y no pudiéramos perdernos ninguno de los momentos de la procesión.

Según voy creciendo cada vez amo más la Semana Santa. Cuando uno es pequeño no tiene la misma capacidad de asimilación y sensación que  una persona ya madura. Y eso mismo me pasa a mí. Según van pasando los años por mi vida me voy dando cuenta de momentos y situaciones de la Semana Santa que antes no conocía y que, poco a poco, pasan a formar parte de mí.

El lento y audaz respirar que uno siente bajo el capuz. La visión ante los dos invisibles y pequeños agujeros, con los que uno es capaz de ver de una manera diferente la imagen que pasa por su lado. Las miles de tulipas que iluminan el camino de las múltiples esculturas, tan bellas, que gracias a escultores como Marco Pérez, Coullat-Valera o Martínez Bueno hoy tenemos en esta gran semana y que, con su rostro, consigue descubrir las emociones de muchas de las personas. La siempre inconfundible y personal música de nuestra Semana Santa que, año tras año, y banda tras banda, interpretan bajo las miles de estrellas que, espectadoras, se multiplican para observar el espectáculo. Así como el indiferente y acompasado ritmo de las horquillas que cada bancero hace chocar candentemente contra el pesado suelo de piedra del casco antiguo de la ciudad. Y las poesías de Lucas Aledón, entre otros, que hacen demostrar bajo el simple hecho de la escritura, lo que un conquense verdaderamente siente por su Semana Santa.

Todavía recuerdo aquel Martes Santo de 2002, cuando el cielo traicionero amenazaba con arrojar aquellas finas gotas agua que desprenden sus nubes. Tenía siete años y junto con mi madre y mis amigos Diego y Laura, me disponía a acompañar por primera vez a Jesús de Medinaceli. Al llegar a San Felipe y ver a tanta gente, me abrace a mi madre y, agarrado a ella conseguí llegar hasta la imagen de Jesús. Su rostro tan cercano al mío, parecía, con su mirada y su boca, quererme decir algo. Algo que todavía no entendía muy bien.

Así, con el paso del tiempo, tanto por amigos como por familia, he ido formando parte de más hermandades de la Semana Santa de Cuenca. Jesús de Medinaceli, Ecce-Homo de San Miguel, Jesús Nazareno del Salvador… Hermandades que acompaño cada Semana Santa y, sobre las que siento gran devoción. Devoción que muchos de mis amigos no entienden, pero que solo yo, dentro de mí, llego a comprender.

Ahora, cada Martes Santo que llego a San Felipe para acompañar a mi Jesús de Medinaceli y lo miro fijamente a los ojos comprendo y entiendo lo que aquel año 2002 pretendía decirme.

El amor más profundo que uno siente hacia las cosas es aquel que verdaderamente sale del corazón. El que, al demostrarlo de verdad, una bella e insólita canción sale de tu interior.

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