Hermandad
Asociación
16
Enero
2019
 
Jueves Santo 2019. Faltan 92 días

Concurso Literario

RECUERDOS DE UNA SEMANA SANTA

Agradezco la oportunidad que nos brindan a todos los jóvenes conquenses para sentirnos pregoneros de nuestra Semana Santa. Por ello,  tengo que confesar el inmenso gozo por contar el trocito de nostalgia nazarena que llevo dentro de mí.

Precisamente, fueron esas añoranzas las que me trasladaron al interior de la iglesia de El Salvador. El próximo Viernes Santo hará un año que ocurrió. Pensaba, en esos instantes, que por fin vería cumplido mi sueño; pronto acompañaría a Jesús “Camino del Calvario” y sentiría la turba cercana a mí, con su estruendo adormeciéndome los oídos. Noté que aquella sensación era mucho más fuerte que la que había imaginado años atrás. ¡Era genial!

Muchas veces había intentado salir en esa mañana. “Eso es una locura, es una procesión para mayores“, zanjaba mi madre cuando se lo planteaba. Pero en esta ocasión, no sé si por cansancio o por la confianza que ella veía en mi misma, la convencí, aunque mostrase preocupación mientras me revestía con la túnica: “ten cuidado, no te despistes”.

Apenas tenía tres años ya sentía la Semana Santa de mi ciudad. Más tarde, mientras se acercaba mi adolescencia, con mis días de niña contados, la veía pasar, cada año, junto a mi familia.  Elegíamos el mirador de San Andrés. Para mí era el mejor sitio. Desde allí parecía que tocabas las imágenes y que acariciabas con la mirada  la policromía de todas las tallas. Aún guardo el recuerdo del escalofrío que me produjo la belleza del Ángel en el “Miércoles del Silencio”. Notaba que me miraba cautelosamente sin hacer el mínimo gesto. Luego, imaginé el cariño con que las manos de Marco Pérez modelaron esta imagen. También desde allí, pude ver de cerca a San Juan Bautista, logrando  adivinar en sus labios las palabras precursoras: “Detrás de mí, viene uno a quien no soy digno de desatarle la correa de sus sandalias”. Pero no era Jesús, el de Medinaceli, quien iba tras él, el Martes Santo en las calles conquenses, era María Magdalena. Su pena, inundada de luna, me asemejaba una aparición.

Esperando dentro de la iglesia noté una decepción. Escuchaba a unos nazarenos hablar de cenas y resolis. Creí que no entendían  el verdadero valor de la celebración. Para mí, era mucho más profundo, mucho más valioso. Y las procesiones,  desde mi punto de vista, eran un bonito sueño.

Resentida, me callé. Sola fui recordando aquella semana. Destapaba el baúl, donde guardaba mis recuerdos como “oro en paño”. Veía como el domingo, frente a la antigua iglesia de San Felipe Neri, los niños agitaban sus palmas y ramos de olivo en muestra de bienvenida: “¡Hosanna! ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Entre ellos, una borriquilla bailaba al son de la música, mientras Jesús, en sus lomos, saludaba con una sonrisa humilde.

Mientras estaba en esos momentos maravillosos, se oyó el golpeteo de un mazo. Me sobresalté. Creía que íbamos a salir. “La lluvia es constante, de momento se aplaza la procesión”. Era la voz del Hermano Mayor. Sentí el nerviosismo que se respiraba en el templo: nazarenos de allá para acá, mirando sus relojes. Las cosas se ponían mal. Me senté en un banco. De nuevo me abstraje y vi como el Lunes Santo, la campana fúnebre resonaba por el casco antiguo Y los hachones iluminaban a un Cristo, como aquel que hombres llevaron a hombros en la primera Semana Santa conquense. 

Al terminar con estas reflexiones me asustó la idea de la fatiga. Antes de salir de casa, mientras tomaba una torrija, mi madre me recordó otra vez: “Es una locura, dos procesiones seguidas sin descanso”. En el momento que volví a mi habitación a recoger los guantes vi demostrada la preocupación de mi madre al ver las sábanas arrugadas. Era el resultado de mi inquietud. Pero lo cierto fue que el cansancio era de verdad.

Ya me lo había imaginado al traspasar el Puente de San Antón con la procesión de “Paz y Caridad”. Más tarde, en la “Curva de la Audiencia”, lo percibí también en los banceros que llevaban en sus hombros a los Cristos de Cuenca. Ascendía hacia la Plaza Mayor Jesús,  “el del Huerto”,  “El Amarrado”, “el de la Caña”, “el de San Gil” y “el del Puente”. En el descanso creí haberme recuperado por lo bien que me lo pasé en la plaza de San Nicolás con mis amigos. Sin embargo, al regresar al templo de la Patrona conquense, noté de nuevo la fatiga al escuchar las notas del Himno Nacional, en el instante que la Soledad del Puente se dirigía hacia su hornacina.

Se oyeron tambores y clarines desde el interior de la iglesia. Esto me hizo pensar que en breve estaría fuera con todo el ruido. Ahora me acordaba de mi madre. ¡Cuánta razón tenía al hablar del cansancio! No obstante, me reanimé al recordar la sonrisa que se le dibujó en su cara al despedirnos.

Con el ruido intenso de la turba quedé aturdida unos instantes. La inquietud hizo que me sentara. Levanté la vista y vi todas las imágenes que estaban listas para salir: observé a Jesús con la cruz a cuestas;  también pude ver a San Juan, vestido de terciopelo, con su delicada palma; más allá,  Madre e Hijo se encontraban en un momento muy triste; y al fondo, toda llena de soledad, se hallaba María, siempre fiel a Cristo.

En la espera, comencé a ponerme nerviosa. Traté de refugiarme en algo más acogedor. Así me trasladé al Miércoles Santo, en su fría mañana, en el resplandor de la luna sobre las caras de los apóstoles durmiendo, en la falsa identidad de Judas, en los capuces blancos sobre túnicas de colores, en la centelleante mirada de San Pedro, en la angustia de Jesús de San Miguel, en San Juan consolando a María, un consuelo que era inútil porque la amargura había quedado grabada en su corazón.

Los banceros se estaban preparando. Había merecido la pena esperar tantos años para salir en la procesión. Todo eso era un sueño que pronto iba a ser realidad. La primera sensación la tuve cuando apenas tenía ocho años. Apoyada en la barandilla de El Carmen pude oír el tremendo silencio que todo Cuenca hizo al escuchar las primeras notas del Miserere. Era como un lamento que se expandía por el ambiente. Todas las miradas se quedaron quietas en Jesús Nazareno. Bajé rápidamente al Jardinillo. Allí, en la calle de Solera,  el panorama era diferente. Tan sólo se oía el arrastrar de los pies de los banceros. A pesar de que la Virgen de San Agustín iba rodeada de todos sus hermanos, vi el desgarro que producía la soledad en su mirada.

Después del rezo del Padrenuestro pude ver por las vidrieras los primeros rayos de sol del amanecer. La lluvia había cesado. Ya podía dar comienzo la procesión. De pronto las puertas se abrieron. Con el vuelo de mi capuz tapándome la cara, amarré fuertemente la tulipa. Ya estaba preparada. Los hermanos mayores indicaban el orden de las filas: primero, los más bajos; luego, nosotros; y por último, el resto de los nazarenos. Una señora amable me dejó situarme en medio para no perderme. Era evidente que se notaban mis doce años.

No habían acabado de pasar los últimos nazarenos, cuando en el dintel de la puerta apareció Jesús con el Cirineo. Mi cabeza se llenó de ruidos y voces. ¡Cuánta gente enloquecida lo habría insultado en Jerusalén! ¡Cuán grande habría sido el dolor que traspasó el corazón de María!

Luego vino todo el lío, la confusión. En seguida nos adentramos en el frío de la calle. No entendía el por qué de la algarabía de la gente que hacía que hubiese tantos policías. Poco a poco, la oscuridad dejaba paso a la luz del amanecer. Pero de repente, la noche volvía otra vez, me daba cuenta que la Semana Santa se me escapaba. Rápidamente pasaron ante mí los Cristos del mediodía: los primeros, medio moribundos, con los ojos entre abiertos; más tarde, agónicos, incluso traspasados  por una lanza; luego, muertos; finalmente, descendidos en brazos de su Madre angustiada. Las escenas siguieron con una triste cruz, un sudario y una calavera delante de Jesús muerto en la noche del viernes conquense. La película acabó con el sonido de las campanas de gloria que acompañaban a la Virgen del Amparo y al Resucitado, tras haberse encontrado de nuevo.

Yo intentaba vivir esos últimos momentos con intensidad, para que no se me fueran nunca de las manos. Pero no fue así, mi Semana Mágica se había terminado. Y con ella mis sueños, como un barco, alejándose del muelle que lleva tesoros y los guarda sin saber dónde acabarán. Así, al poco tiempo, me di cuenta que a mi espalda colgaba ya la mochila con todos los libros para empezar de nuevo las clases. Fue entonces cuando recordé las palabras de mi padre: “No hay nada en la vida, por muy largo que te pueda parecer”.

Para terminar, tengo que decir que me hubiera gustado ser como uno de aquellos antiguos pregoneros, para vocear desde estas líneas las excelencias de nuestra Semana Santa. Pero yo sé que esa voz nunca surgirá. Porque los días de pasión en Cuenca son días de sentimiento profundo, en donde las palabras se quedan dentro. Por ello, me daría por conforme que al final de estos renglones se haya escuchado ese rumor suave que llama para salir a las calles con el alba, al mediodía y en la noche. Pero especialmente, que ese sonido lo oigan mis paisanos, mis amigos, los que arriman el hombro, los que llenan las filas y los que permanecen largos ratos en las aceras, desafiando al frío y a la lluvia dando vida a los desfiles procesionales. A ellos va dedicado este pregón.

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