Hermandad
Asociación
19
Junio
2019
 
Jueves Santo 2019. Faltan -62 días

Concurso Literario

ESCALOFRÍOS

Es escalofrío lo que siento cuando la tela del capuz acaricia mi rostro, al notar elCroce del aire entrando por los ojos, como una suave melodía, en la mañana del DomingoCde Ramos. Es entonces cuando me doy cuenta que la demora invernal ha dado paso ya al florecer de la primavera. En cuaresma, la llegada ha sido amenizada por marchas que salen de un CD, Juntas en las que reinan los nervios, por la deseada subasta o simplemente, por charlas entre grupos de nazarenos anónimos.
 
Hemos sacado del armario túnicas que se nos han quedado pequeñas, guantes que aún conservan cera, capuces doblados que adoptan forma cónica, gracias a un cucurucho o una rejilla que su trabajo hace, bajo la tela, aunque no se vea. Han pasado los días y el viento sopla en dirección a la Plaza de San Andrés, a la espera de tres toques que abren la puerta a un vendaval de emociones, recogidas en siete días de pasión.
 
Apenas el primer redoble de tambor y un golpe de horquilla son necesarios para despertarnos del letargo. La gente se echa a la calle para recibir a Jesús, que baja ya con su particular trote, por el jardín del Salvador, a lomos de su Borriquilla. Se agitan palmas y ramos de olivo entre Hosannas, sin saber que los que esa mañana aclaman su bienvenida, son los mismos que días más tarde le enviarán a la Cruz.
 
Es esa misma Cruz la que representa la angustia de una pasión anticipada, en la noche del Lunes Santo. Siete palabras de Cristo en su hora de expiración. Son penitentes los que ceden su voz para relatar la agonía del Calvario, entre cantos gregorianos y tañidos de campana. La noche es negra como las túnicas de sus hermanos. Y son hachones los que lloran gotas de cera, para iluminar el camino de la Catedral a San Esteban, a ritmo de ronco tambor. ¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!
 
Perdón para tus hijos que se congregan el Martes en la Plaza de El Salvador; expectantes, son un enjambre de almas que llevan túnica y capuz. Yo, vestido de morado y amarillo, no puedo más que esperar a que San Juan Bautista haya traspasado el ocaso de la tarde para ver tu silueta. Subes cáliz en mano, paso firme, al compás de la marcha de Ugeda. Eres, Magdalena, la dama de honor que precede al manto tejido de hiedra que lleva la Esperanza. Noche de devoción conquense la del Martes Santo; íntima en sus últimas horas, cuando el tiempo pesa y los riñones piden un descanso.Para mí siempre será diferente. Son los pequeños detalles los que le dan ese aroma especial e invisible que hacen que nunca sea igual.
 
Aroma a torrija bien hecha es lo que se respira en las cercanías de San Esteban el día que se lleva a cabo la traición. Olivos y espadas al aire para ser fieles al Evangelio, puesto en escena desde los guijarros impregnados de incienso, en la calle de San Pedro. He aquí el hombre, nazareno. El Señor de San Miguel ante Anás, presentado al pueblo al salir llena la luna. Le sigue una Amargura que, subiendo por Solera, recoge las últimas luces de la tarde, para tintar del azul celeste las filas nazarenas. No temas, en tu amargura, no estás sola. El discípulo amado te acompaña. Déjanos que nosotros también te acompañemos.
 
¿Qué hace al Sol del Jueves Santo brillar así? ¿Es el reflejo del agua del Júcar? ¿O es el chopo que desde la orilla se asoma a ver la procesión? Son, quizás, las tres cruces de la Majestad testigo mudo de la representación bíblica, que se pone en la calle. Es, esa tarde, el puente la arteria que enlaza la ciudad y de la que brotan los nazarenos de Paz y Caridad. Jesús, despojado de ropa, con caña y capa, para recorrer la senda tortuosa y empedrada del casco antiguo. Golpe tras golpe, ya no sé si lo que suena es la horquilla o son los latigazos en la espalda. La calle se estrecha, el dolor aumenta. Cae al suelo y un niño lo levanta. El atardecer ilumina para que sus hermanos guíen a la Virgen y no sea Soledad. Cuando el Sol se haya puesto y el puente de la Trinidad sea ya recuerdo, la Reina del Júcar volverá a casa y caerá la noche más larga, en la que reside la esencia del alma nazarena.
 
Es la madrugada la que, una vez más, pone los pelos de punta; es el estruendo hecho sinfonía mediante clarín y tambor. Hiere el golpe de martillo a la Virgen, a su paso por la fragua, como herirán los clavos en las manos al que horas más tarde será crucificado; pero eso será al llegar la hora Nona. En Cuenca aún no ha despuntado el alba; abucheado por escarnios y burlas, el Nazareno de las Seis carga a sus espaldas una culpa que no merece; le ayuda el cirineo y una mujer le seca el rostro de sangre y sudor. Y así padece, caída a caída. Siguen sus pasos capuces verdes del Evangelista, serpenteando por la Audiencia, hasta volver la cabeza y encontrarse con su Madre, que llora sola. Ella no oye tambores; tampoco clarines, sólo escucha el silencio del Hijo que presagia la muerte del hombre, muerte del Salvador, muerte convertida en vida entre Misereres incompletos, que retumban en la hoz, paso a paso, hasta llegar al Gólgota.
 
Atardece el Viernes Santo bajando por Palafox. Calvario reflejado en Carretería, mediante ocho cruces y un río multicolor de sensaciones, que inunda a cada nazareno y espectador; calvario desde que se alza la Cruz hasta que no queda más que un sudario; Cristo yace muerto, sentenciado por espinas y una lanzada en el costado. Cuenca entera arropa a la Virgen de las Angustias, que sostiene el cuerpo del hijo, escondida entre las rocas en el santuario de los Descalzos.
 
Yace muerto lo que Marco Pérez fue capaz de dar vida, esculpiendo la madera a golpe de gubia y paciencia, imaginería hecha lección de anatomía, que pone fin al día en el que la ciudad se empapa de pasión. Quedará tiempo después para el descanso y el rezo. Tiempo también para recordar a los que ya no están, pero viven allá arriba, atentos cada cuaresma a la llegada de Semana Santa, para que no se pierda el porqué celebrarla. Se recupera este año la procesión del Sábado Santo. Una prueba más de que la tulipa sigue encendida y la ilusión impulsa a la creación de nuevas hermandades y proyectos. Tienen toda mi admiración por su valentía y constancia y les deseo mucho éxito en el futuro.
 
Tras el luto llega la Resurrección: el triunfo de la vida sobre la muerte. Salgamos vestidos de gala al encuentro de Jesús con la Madre. Desaparecen los capuces. El manto negro que cubría la ciudad se retira y se pinta de verde esperanza un año más la Plaza de la Constitución. Vuelan palomas y el milagro se completa, no sin dejar ese nudo incómodo en la garganta, que nos paraliza por un instante en el que desearíamos detener el tiempo y dar marcha atrás.
 
Así es Cuenca en Semana Santa. Como conquense, privilegiado de poder decir que es aquí donde, en ocasiones, miles de tambores sin orden, o incluso el silencio, son la melodía más bella. Como nazareno, agradecido de serlo desde la cuna, de sentir ese bullicio de emociones que llega por estas fechas, cuando el eco del Miserere se incrusta en las hoces y Júcar y Huécar se asoman para ver el milagro de la Pasión. Y es que, como Nazareno, se me ha caído encima el peso de las horas consumidas, al cruzar la Puerta de Valencia en la noche del Martes Santo. He perdido la sensibilidad en las manos porque el frío me la robó, y en su lugar ahora tengo dos palillos para aporrear un tambor de piel, mientras el Nazareno sube por Alfonso VIII, cargando con su particular peso en forma de Cruz.
 
He perdido la noción del tiempo. He escuchado coros en la fragua intercalados con el yunque, para dar calor a la Soledad. He visto al anciano que mira la madera con nostalgia y al niño que la mira admirado. He notado el escalofrío al ver a la Magdalena y al Cristo de los Espejos bajo los arcos, mientras una lágrima color amarillo teñía mi capuz de terciopelo.
 
Siempre he dicho que es igual de Nazareno el que procesiona como el que espera horas de pie, el espectador que ve la representación con ojos que no son los del capuz, pero que igualmente siente su propio escalofrío. Por eso, desde la acera, me paro a escuchar el silencio del Miércoles Santo, sólo interrumpido por el choque de las tulipas contra el suelo. Es también la acera recuerdo de mi infancia, en la tarde de Jueves Santo, pegado a una barandilla, viendo caminar a Jesús del Puente, mientras sonaba Banceros de la Pasión, porque sin infancia mi Semana Santa no sería lo que es, ya que en esa etapa se curtió mi piel al frío de Cuenca. Entonces llevaba cruz. Con los años me puse un capuz y cambié a una tulipa para calentarme las manos con el aliento que la llama desprende. Crecí y maduré. Aprendí a esperar y a apreciar la espera. Cuaresma a cuaresma, escalofrío a escalofrío. Hoy ya no llevo cruz; elegí coger la horquilla y hacer mi penitencia agarrado al banzo, para que la almohadilla me dé calor, porque el frío lo sigo teniendo y es la túnica que en pocos días vestiré.
 
Huele a incienso y la cera ya gotea. La ciudad está preparada para la llegada de esta Semana que se acerca, sin prisa y de puntillas, a ritmo de marcha procesional. En estos párrafos he dejado plasmado lo que siento; así es como yo vivo cada florecer de la primavera, cuando el roce del aire acaricia mis ojos. Por eso, si quien me escucha alguna vez sintió algo semejante, le invito a cerrarlos y a dejarse llevar. Es entonces cuando notará el escalofrío.
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