Hermandad
Asociación
19
Marzo
2019
 
Jueves Santo 2019. Faltan 30 días

Concurso Literario

LA RUEDA DEL TIEMPO

Pronto ya, la oscuridad y el letargo de tan adormecida ciudad son interrumpidos por unas luces que van iluminando lentamente y hacen recordar la venida de la primavera.

La rueda del tiempo no cesa de girar, inexorablemente.

El viento, que divertido hace volar las hojas secas y de tonos anaranjados y ocres; la lluvia, que cae al inmenso río como lágrimas de los ángeles que quedan para siempre prisioneras en el fondo.

Tras largo rato, el otoño se ha dormido y ha dado paso al gélido invierno.

Frío, nostalgia de tiempos que fueron más cálidos y que ahora quedan en largas horas al lado de la chimenea, donde la alegría del reencuentro flota en el aire para tan festivas fechas en el nacimiento de Jesús.

Ahora, pequeño e ingenuo, inocente y bondadoso, no sabe que su final no queda muy lejano; ni siquiera intuye que su desgracia y su dolor serán nuestra salvación. El mundo espera su venida sin saber quién es Él en realidad, pendiente de un simple signo que nos guíe hasta su verdad y sus palabras sean aliento de esperanza.

Duerme niño, duerme, el mañana aún está por llegar. Duerme mi rey, tú, que de tan humildes orígenes eres, nos abrirás los ojos y te alzarás por encima de nosotros tras haber logrado nuestra salvación…

Tras esta sentencia, los árboles, desnudos y solitarios, alzaban sus ramas al viento, pidiendo clemencia por tan tierno niño mientras, tres magos, se acercaban a Belén para entregar sus presentes a Jesús, reconociéndolo como el verdadero rey del mundo.

Atrás quedaba la envidia, el egoísmo y la vanidad del cruel Herodes, que pedía la búsqueda de ese rey que le intentaba quitar el trono.

Y la nieve empezó a fundirse, al igual que el frío de nuestros corazones.

Los árboles eran protagonistas de una delicada melodía que iba in crescendo,  recuperando sus ropajes en forma de flores rosadas, hojas pequeñas y puntiagudas y las amapolas, impetuosas, se hacían con el control de los campos.

La vida había regresado a la hermosa ciudad, donde antes sólo había habido oscuridad.

El invierno había vuelto a esconderse en su oscuro agujero, agazapado, esperando la llamada del viento frío del norte,  mientras que la primavera estallaba entre los cantos melodiosos de los pájaros y el anhelo de los hombres de salir al aire libre y disfrutar.

Una ciudad imponente, en la que se agazapaban ecos del pasado  que querían salir a la luz, donde se recordaban primaveras floridas y lluviosas.

Y esa ciudad era Cuenca, bañada por dos ríos, rodeada de las ruinas de una muralla anteriormente majestuosa, donde los chopos de las hoces habían vivido tiempos de antaño.

El Júcar, cuyo torrente corría libre, siendo fiel testigo de cuanto sucedía, y el Huécar, con su corriente como una risa incesante que iba a morir en el Júcar.

En las hoces, el eco, te traía músicas de tambores roncos, trompetas de Gabriel que, triunfantes, anunciaban la llegada del Señor.

Martillo y yunque acompañaban a la madre dolorosa en su peregrinación interminable y en su espera bajo el pie de la cruz, mientras duraba la angustia del hijo amado. 

Misereres, que evocaban al Cristo agonizante que, paciente, esperaba a su padre el Todopoderoso y todavía, suplicaba anhelante, la salvación de un ladrón que estaba colgado junto a él.

Finalmente, llegaba el silencio. Los susurros callaban de las bocas incansables, el viento no movía los árboles, ni siquiera las grajas planeaban sobre la gran ciudadela.

Por las empedradas calles de la ciudad, los pasos de sus gentes se detenían en iglesias que acogían sus plegarias, sus promesas y su penitencia.

Era un tiempo de preparación,  cuarenta días en un desierto individual, en el que cada uno debería superar sus tentaciones particulares. Así hizo Jesús cuando vio próxima su hora y decidió irse lejos de la civilización para hacer frente a sus temores, consiguiendo encontrar esa fuerza que le empujaría a hacer la obra que el Padre le había encomendado.

La música era la expresión perfecta de cuanto sucedía alrededor. Una melodía que aguardaba un trágico final para un solo individuo, pero mantenía la esperanza de los pecadores en su resurrección; el esperado Mesías, el Salvador del mundo, quien traía la buena nueva a todos los que le escucharan. Un discurso maravilloso lleno de bondad y la promesa de una vida mejor más allá de la muerte.

Y después de cuarenta días en el desierto, Jesús entró en Jerusalén entre vítores y aplausos acompañado por las palmas y ramas de olivo. Multitud de niños se congregaban a su alrededor: “Dejad que los niños se acerquen a mí, porque de ellos es el Reino de los Cielos”.

En Cuenca, se vivía ya la semana más intensa del año.

Después de los vítores, llegó el tiempo de la reflexión y con ello, el lunes santo.

Un lunes lleno de oscuridad en las túnicas de los nazarenos, de silencioso paseo por las sinuosas calles del casco antiguo, del ronco tambor que con su incesante sonido, recuerda que el tiempo no se puede detener. Con cada toque de tambor, Cristo cuenta con un segundo menos de vida, y en algún momento de su agonía, se sentirá solo y perdido.

“Padre, ¿por qué me has abandonado?”

La catedral, San Felipe Neri, San Andrés, El Salvador… todos son lugares de recuerdo de las palabras que Jesucristo pronunció durante su lenta y dolorosa agonía. Un Cristo que no solo es el hijo de Dios, sino que es hombre y siente dolor y duda, pero su fe en el Padre es más grande que su pensamiento de abandono. Él terminará la obra que le fue encomendada.

Y mientras Cristo agonizaba lentamente, sus palabras sólo encerraban perdón. Un perdón que buscaban nazarenos de amarillo, blanco, morado, granate y verde esperanza.

Jesús fue a buscar a su primo Juan el Bautista, un profeta que aguardaba al Mesías para bautizarlo. Una fiel discípula de dudosa reputación y gran corazón le seguía por Galilea: María Magdalena, mujer que lo siguió hasta el final.

La madre, siempre al lado de su hijo amado, miraba con esperanza hacia ese cielo estrellado, esperando una señal que lo librara de tanta tortura y dolor.

Y el infinito perdón del Cristo agonizante, dio paso al silencio, donde solo los ríos y el eco se atrevían a rasgarlo para acompañar al Salvador del mundo.

La casa de un discípulo como lugar de reunión; allí, Jesús cenará por última vez, partirá el pan y beberá el vino como símbolo de lo que va a suceder. Su cuerpo será clavado en una cruz, y su sangre será derramada por el perdón de nuestros pecados.

Y hablará de la traición y la negación de dos de sus apóstoles.

A cambio de treinta denarios, Judas lo entregará con una seña en el huerto de Getsemaní: besará a su maestro.

Pedro, piedra sobre la que se sujetan los cimientos de la Iglesia, negará tres veces a Jesucristo por temor a su propia muerte. Cristo recorrerá Cuenca como un Ecce Homo, con un trapo como capa, una corona de espinas como corona y una simple caña como cetro, poniendo en duda su autenticidad como rey. Pero Jesús es misericordioso y perdona todo porque Él es Rey de los Cielos, el Salvador del mundo, la suprema bondad…

La madre, que antes miraba esperanzada al cielo en busca de consuelo, ahora llora lágrimas de amargura, mientras que Juan, discípulo de su hijo, la consuela en este duro camino hacia la muerte.

Sin volver la vista atrás, el prendimiento de Jesús será una realidad, y le harán cargar con la cruz en la que exhalará su último suspiro junto a dos vulgares ladrones.

Ahora, la madre ya no se lamenta. Ahora, la madre llora en soledad sabiendo que su hijo morirá pero nos salvará de tan trágico final.

Viernes Santo Camino del Calvario. Madrugada fría, reflejos morados que el río recoge, turba embravecida que espera, puertas que se abren, despunta el alba…

Jesús carga con la cruz mientras la turba, que antes ansiaba seguirle hasta el fin del mundo, ahora se burla de Él. Clarines, tambores roncos, palillos que al golpear escarnecen al Cristo…

La madre de luto llora en soledad, ya no hay esperanza, ahora la muerte es compañera de su hijo amado.

Martillo y yunque acompañan a esa madre dolorosa, expresando el dolor que ya no se puede contar. Infinita tristeza contenida que sus ojos no pueden ocultar, su corazón rasgado por mil puñales, el luto la esconde, su mirada detiene el tiempo pidiendo clemencia.

El tiempo pasa, nada detiene al Cristo que está más cerca de la muerte que de la vida.

Lo crucifican y una inscripción reza sobre su cabeza: “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos”. Los romanos y el pueblo se burlan de él retándolo a bajar de esa cruz que le roba segundo a segundo. Él, solo pide a su Padre que tenga piedad y,  mientras agoniza lentamente, una lanza atraviesa su costado.

Y cuando expira su último hálito de vida, no tiene palabras más que para el Padre que lo aguarda: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

El cielo se oscurece, el velo del templo se rasga en dos, la tierra tiembla…

En verdad era el Hijo de Dios, clama asustada la multitud.

La madre, de luto, espera sola en su santuario. Y son los conquenses los que con su visita, la consuelan ante su hijo muerto.

La cruz, permanece desnuda en el Cerro de la Majestad.

Y es al tercer día cuando Jesús sale del sepulcro. Las caras de pesar, de angustia y de dolor se cambian por rostros sonrientes que expresan su alegría ante la buena nueva: Jesús ha resucitado.

Él, misericordioso, que nos amó hasta el extremo, pidió al Padre que fuésemos perdonados, derramando su sangre y entregando su cuerpo con infinita bondad.

“Porque el que pruebe mi carne y beba mi sangre, tendrá vida eterna y yo le resucitaré el último día”.

Tras esta semana, el tiempo detenido en un hecho pasado, vuelve a correr y a hacerse notar por tan hermosa ciudad.

Callejuelas donde, agazapados, esperan los sonidos que tanto recordamos y nunca podemos olvidar. La piedra se torna gris; poco a poco, el correr del tiempo se percibe.

Las hojas de los chopos empiezan a amarillear y a caer a ese río viejo y cansado que tal vez ha visto demasiado. El viento, vive en constante melancolía, y nos hace llegar breves retazos de marchas de Semana Santa.

Las personas cambian, envejecen y desaparecen, dejando una huella de melancolía tras de sí. El tiempo no se detiene. Caprichoso, sigue robándonos lentamente una vida que, como un fino hilo, comienza a romperse hasta llegar al final.

Primavera, verano, otoño, invierno…

Pues la rueda del tiempo no cesa de girar, minuto a minuto, hora a hora, más próximos a vivir una Semana Santa más.

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