Hermandad
Asociación
26
Octubre
2020
 
Jueves Santo 2021. Faltan 157 días

Pregones juveniles

INEFABLE

Camina, cierra los ojos, recuerda.

 ¿Lo ves? Son recuerdos tenues, ingrávidos, pero firmes, eres tú aprendiendo que es la Semana Santa, sois vosotros con vuestro primer capuz, somos nosotros con nuestros abuelos agitando la palma el día de Domingo de Ramos.

 Vive y siente, siente la emoción, el temblor, la alegría, el júbilo que nos produce la Semana grande de Cuenca.

 ¿Aún podéis recordar la primera marcha procesional que memorizasteis? ¿Aquella melodía que os acompaña los 365 días del año hasta la llegada de un nuevo ciclo?

Cada día, cada hermandad, cada nota musical, nos trasportan en un vaivén de recuerdos propios, de nuestra más tierna infancia, aquel momento de nuestra vida en el que empezamos a entender y apreciar los siete días que más esperamos al año.

 Siente hermano, siente hermana, rememora cada Domingo de Ramos, cuando el pulso se aceleraba al oír los tres primeros golpes en la puerta de San Andrés.La banda de trompetas y tambores comienza su andar por la ciudad, y los conquenses corren para llegar a tiempo y acompañar como cada año la entrada de Jesús con la Borriquilla.

 El primer día grande acaba de comenzar, un año entero esperando sentir como si fuera propia la cadencia de las horquillas por las calles de la ciudad.

Ciudad recogida, sosegada, tranquila, quizás de pequeños no lo entendíamos, no llegábamos a comprender el ambiente de serenidad que irradia el lunes Santo, fuera como fuese acabábamos contagiados de la silenciosa quietud que acompaña el desfile procesional de la Vera Cruz.

 Bautizando a Jesús, si tuviera que elegir, es mi marcha predilecta, Martes Santo para mi es color blanco y morado. Todos los años varios hermanos del Bautismo subimos a ver y a rezar a todas las imágenes que están preparándose para desfilar.

 Una infinidad de túnicas pintan de morado la plaza del Salvador. San Juan abre el paso en su camino hacia la catedral, seguido de María Magdalena, fiel seguidora de Jesucristo hasta el final.

 Unos metros más arriba, la Madre espera su salida, aún mira con Esperanza el futuro que a su amado hijo le aguarda.

 San Felipe Neri acoge a la multitudinaria hermandad que reza con fervor al cautivo, decenas de penitentes acompañarán al Cristo de Medinaceli en su majestuoso caminar por las calles conquenses. Cada año me contagio aún más si cabe del ambiente de emoción y nerviosismo que recorre a todos sus hermanos por la llegada de un nuevo Martes Santo, pero que después, tan sólo unas horas más tarde, se impregnará de algunas notas de melancolía.

Todos sabéis a que me refiero, esa sensación de ambivalencia, alegría agridulce, tras finalizar el desfile de nuestras hermandades. Alegría porque un año más todo ha vuelto a suceder, y tristeza porque en nuestro interior comienza una nueva cuenta atrás, intrínseca en cada uno de nosotros, para revivir ese conjunto de sentimientos que nos recorre al acompañar a nuestros pasos y sentirnos en hermandad.

Subimos a San Pedro, el camino es largo, parece que no acaba nunca, tengo tantas ganas de llegar…

 Y después, calor, el calor de una hermandad que para mí es sinónimo de familia, reencuentros con amigos que forman parte de esa cuenta atrás que os he contado antes. Estoy segura de que mis palabras traen a vuestra mente ese día de Semana Santa, la hermandad y el lugar exacto en el que llevamos un año esperando volver a encontrarnos.

. Blancos capuces inundan los rincones de la ciudad, y de repente, el Silencio, esta noche marcará un antes y un después en el trascurso de la Semana Santa. La última cena, la traición de un amigo, un temblor nos paraliza al verla en procesión, todos hemos vivido esa cruel decepción en algún momento de nuestra vida. El mecer de los olivos que acompaña la temerosa oración de un Dios hecho hombre que conoce su destino, el respaldo de su discípulo que da paso a la negación, un Ecce-homo afligido y al final del camino, la madre, acompañada del más joven de los doce, que se abre paso ante nuestra tímida mirada cubriendo la noche de Amargura por lo que está a punto de suceder.

 Aún está naciendo la tarde cuando me descubro corriendo hacia San Antón, es Jueves Santo, el primer día que formó parte de la Semana Santa conquense. Son muchos los fieles que como yo se apresuran para llegar a tiempo e impregnarse de la gran cantidad de sensaciones que desencadena en nosotros este día.

 El Santísimo Cristo de las Misericordias ya está en la calle, tras él, el Júcar refleja las amargas lágrimas de un Dios que conoce su trágico fin.

. Látigo, burla y dolor, el escalofrío que nos recorre al mirar el caminar de Jesucristo amarrado a la Columna es indescriptible.

 Unísono en nuestro interior, la oración comienza, el rezo de las cinco llagas ocupa nuestra mente mientras los banceros portan la viva imagen de la humillación en forma de corona de espina y caña en la mano.

 Tan sólo han salido la mitad de las hermandades del día de Paz y Caridad, y la expresión de los asistentes es totalmente diferente, nada que ver con el Domingo de Ramos, la compasión y la empatía por Jesús Nazareno son los matices predominantes.

Una mirada al cielo, que esconde el miedo y la desesperación, Ecce- Homo que sufre un castigo injusto.

 Cruz de madera que hiere su espalda, sentid hermanos el peso sobre vuestros hombros de la cruz que carga con todos nuestros pecados. Una Verónica que limpia el rostro ensangrentado, un Cirineo que le ayuda en el camino al Gólgota y detrás de ellos el solemne y pausado andar del Jesús del puente.

 Siete espadas atravesarán tu corazón, la Virgen se refugia en su soledad, soledad paradójica, nunca va sola, una multitud de hermanos la acompañan en su dolor, muchos de ellos son niños, que están aprendiendo como nosotros en el pasado a interiorizar la Semana Santa.

Golpe de tambor y toque de clarín acompañan a Jesús camino del Calvario, y detrás su discípulo Juan, al que él ama indicando a la Madre el camino a seguir.

Nueve, nueve años tenía cuando di mi primer golpe con el martillo, estuve meses con la idea rondando en mi cabeza desde que mi tío me dijera que la siguiente era yo. El momento había llegado. Las cuatro y media, hora de despertar.

“Oh soledad la Madruga, sola en tu llanto no estarás”, como era posible concentrarme en seguir el ritmo y emocionarme al mismo tiempo, ese es mi momento hermanos, sé que todos tenemos el nuestro, hay un lugar, una marcha, un paso, que nos acercan un poco más a los que ya no están, recuerdos y sensaciones que estremecen la piel. Conmoción pero no desaliento, ellos siempre nos acompañarán como año tras año hace la fragua, el martillo y el yunque con la Madre que camina en Soledad.

Quebranto, temor, de niña no lo entendía, parecía que el Viernes Santo recubría a Cuenca de un halo de pesadumbre.

 El hijo de Dios ha sido crucificado, los pasos de los nazarenos acompañan a las imágenes en su ascenso a la Catedral, mismo ritmo, mismo paso que el resto de días pero con una cadencia diferente, marcada por la culpabilidad de haber juzgado mal al Mesías hasta llevarlo a la Cruz.

 La agonía del Nazareno, la lanza que atravesó su corazón, el descendimiento del cuerpo que yace sin vida, el Angustioso llanto de una desconsolada madre que aún sostiene el cuerpo sin vida de Jesucristo, su hijo.

Cuz de madera, cruz sin ornamento, desnuda, tan solo un sudario cubre el lamento de la madera sobre la que ha muerto el Salvador del nazareno.

El Santo Entierro les sigue los pasos, horquilla silenciosa, pero al compás. Estimados hermanos, ¿No os preguntábais de pequeños como era posible que los banceros siguieran el ritmo sin escuchar el sonido de las horquillas? Quizás ahora parezca fácil, pero desde la ingenua e inocente mirada de un niño puede parecer fascinante, esa ingenua e inocente mirada que lamentamos haber perdido en algunas ocasiones.

 El halo de pesadumbre que asolaba Cuenca al medio día se convierte en desasosiego, incertidumbre e introvertida esperanza de la llegada del tercer día, en el que Jesús resucitará.

 Tras la muerte llega el duelo, la compañía a María en su tormento, y aunque la noche anterior fueron muchos los conquenses los que visitaron a la Virgen en el Santuario de las Angustias, nos faltaba la representación bíblica de esos momentos en los que fueron María Magdalena y María de Salomé quienes la arroparon en el sufrimiento.

 A pesar de lo que el día de hoy conmemora, no podemos evitar sentir esa mezcla de ilusión impaciente ante el nacimiento de una nueva Hermandad en el seno de nuestra Semana de Pasión. Somos conscientes de lo que representa, la voluntad y las ganas de impulsar la Semana Santa conquense van en aumento, y eso ocurre porque nuestra devoción, aunque es quizás a veces difícil de explicar para quienes no la experimentan, está fijada en nuestro corazón.

La jovialidad y el regocijo se respiran en el ambiente, y a la vez la nostalgia, miscelánea de sentimientos se agolpan en nuestra cabeza el Domingo de Resurrección, Jesucristo ha resucitado, pero es el último día del desfile procesional.

 Es hora de guardar las túnicas, los capuces, de dejar el escudo de la hermandad a la que pertenecemos desde antes de nacer en nuestro cajón preferido, no muy lejos, para que podamos abrirlo cuando la melancolía nos asalte y recordemos que cada vez queda menos…

Camina, cierra los ojos, siente, una nueva Semana de Pasión está a punto de comenzar.

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